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El cerro de la muñeca.

Vista de Tejupilco desde el Cerro de la Muñeca.

 

Llegamos a "El Campanario" como a las cinco de la tarde. El sol caía de lado, dando a todo una apariencia sepia, como de película gringa con escenas en México. Iniciamos la caminata con entusiasmo y ligereza, ya que el guía había dicho que, a buen paso, se subía la falda del cerro en quince minutos. Sin embargo, pronto nos dimos cuenta de que había exagerado: tras un rato de sudor bajo el sol inclemente, se sentó a tomar aire y tuvimos que esperarlo.

Una vez descansado, continuamos la escalada. Múltiples veredas se entrecruzaban, lo que hacía fácil perderse, como aprendimos a la mala. La tierra resbaladiza y suelta puso a prueba la capacidad de nuestras suelas y nuestras habilidades de montañeses, largo tiempo adormecidas. Pero lo que bien se aprende nunca se olvida, y logramos avanzar sin resbalones mayores ni torceduras.

Tras varios "falsetes", las grandes rocas comenzaron a aparecer más cercanas. Piedras gigantes que invitaban a la reflexión y a la contemplación: verlas y pensar cuántos siglos han estado allí, inamovibles, resultaba sobrecogedor. Nos detuvimos a tomar fotos, aunque en parte era un pretexto para disimular el cansancio de la subida apresurada.

El camino nos llevaba entre tepeguajes, los únicos árboles con hojas en esta temporada. La selva baja, en su mayoría desprovista de follaje, dejaba que el sol abrazador nos alcanzara sin piedad. Finalmente, tras una última cuesta, dos nopales nos recibieron a manera de portón natural: uno a la derecha y otro a la izquierda, como si nos felicitaran por haber completado la subida y nos anunciaran que la mejor vista apenas estaba por revelarse.

Pasando los nopales, nos encontramos con una escalinata de casi cien escalones de un metro de ancho, flanqueada por un enclenque barandal de cemento. Subimos despacio, menos por el cansancio que por la vista que se desplegaba ante nosotros. Desde allí, con el sol cercano al ocaso, la panorámica era inigualable.

Como llegamos temprano a la cumbre, tuvimos que esperar para ver el atardecer. Rodeamos el cerco de protección que resguarda la gran cruz visible desde Tejupilco. Cerca de allí, un pequeño techo y un par de bancas de cemento nos ofrecían descanso, pero el sol golpeaba de lleno en el rostro, así que seguimos explorando.

Desde la cima, podíamos ver toda la zona por la que caminamos a diario los tejupilquenses: Amatepec, La Goleta, la sierra hasta el Nevado de Toluca. Imaginamos tomar fotos sublimes, pero al revisarlas más tarde, descubrimos que la cámara era incapaz de capturar la magnitud del momento. Ninguna imagen podía hacer justicia a la sensación de estar allí, con toda la región a nuestros pies y el sol tiñendo el paisaje de matices cálidos.

Observando el horizonte, el tiempo se nos escapó de las manos. Intentamos capturar el atardecer, pero el cerro inmediato bloqueó la vista antes de que el sol desapareciera por completo.

Entonces emprendimos el regreso, aunque con menos suerte que en el ascenso: tomamos una vereda equivocada. Algunos insistían en que «por aquí no pasamos», mientras que otros refutaban con un «no ibas poniendo atención, porque toda tu energía se iba en el esfuerzo de respirar». Sin embargo, cuando vimos un abrevadero, corroboramos que, en efecto, estábamos perdidos.

Sugerí seguir caminando hacia abajo, pues tarde o temprano tendríamos que cruzar la carretera que atraviesa el cerro. Lo hicimos, con tan mala suerte que, unos tres minutos después, nos encontramos en un área sin senderos, llena de piedras, voladeros y maleza intransitable. Para empeorar las cosas, la noche ya había caído y nos quedamos sin iluminación natural.

Tuvimos que usar la lámpara de nuestros celulares y caminar de manera horizontal hasta encontrar la vereda por la que ascendimos. Afortunadamente, llegamos todos bien y sin rasguños.

Nadie quería volver a Tejupilco de inmediato. En su lugar, nos quedamos allí un rato más, planeando nuevos viajes y desafíos más intensos, con la certeza de que esta no sería nuestra última gran aventura.


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