Llegamos a "El Campanario" como a las cinco de la tarde. El sol caía de lado, dando a todo una apariencia sepia, como de película gringa con escenas en México. Iniciamos la caminata con entusiasmo y ligereza, ya que el guía había dicho que, a buen paso, se subía la falda del cerro en quince minutos. Sin embargo, pronto nos dimos cuenta de que había exagerado: tras un rato de sudor bajo el sol inclemente, se sentó a tomar aire y tuvimos que esperarlo. Una vez descansado, continuamos la escalada. Múltiples veredas se entrecruzaban, lo que hacía fácil perderse, como aprendimos a la mala. La tierra resbaladiza y suelta puso a prueba la capacidad de nuestras suelas y nuestras habilidades de montañeses, largo tiempo adormecidas. Pero lo que bien se aprende nunca se olvida, y logramos avanzar sin resbalones mayores ni torceduras. Tras varios "falsetes", las grandes rocas comenzaron a aparecer más cercanas. Piedras gigantes que invitaban a la reflexión y a la contem...