No despertó directamente. Fue tomando consciencia de sí misma poco a poco. Estuvo ahí mucho tiempo, sufriendo sin poder moverse. Al principio era un puñado de huesos, un estudiante de medicina los acomodó la primera vez, cuando estuvieron completos, ella los reacomodó correctamente, no sabía cómo, pero entre tomar las clases de anatomía para las que era usada, y porque era la única forma en que embonaban, supo. Al cabo de unos años ahí, en los que ya había aprendido el idioma (un español culto, con términos latinos y uno que otro inglés) ya estaba lista para hablar. El problema: no tenía piel. Su cuerpo fue formándose célula a célula desde dentro: el cerebro apareció antes que la piel, se guardó ahí dentro de la bóveda craneal que se ordenó y dejó de moverse. Después, los tendones y músculos fueron amontonándose sobre sus huesos. Un día, alguien del aseo vio que se le paraban muchas moscas a ese esqueleto y lo metió en formol «aber si se limpiaba». Nadie reparó en múltiples mejor...
Llegamos a "El Campanario" como a las cinco de la tarde. El sol caía de lado, dando a todo una apariencia sepia, como de película gringa con escenas en México. Iniciamos la caminata con entusiasmo y ligereza, ya que el guía había dicho que, a buen paso, se subía la falda del cerro en quince minutos. Sin embargo, pronto nos dimos cuenta de que había exagerado: tras un rato de sudor bajo el sol inclemente, se sentó a tomar aire y tuvimos que esperarlo. Una vez descansado, continuamos la escalada. Múltiples veredas se entrecruzaban, lo que hacía fácil perderse, como aprendimos a la mala. La tierra resbaladiza y suelta puso a prueba la capacidad de nuestras suelas y nuestras habilidades de montañeses, largo tiempo adormecidas. Pero lo que bien se aprende nunca se olvida, y logramos avanzar sin resbalones mayores ni torceduras. Tras varios "falsetes", las grandes rocas comenzaron a aparecer más cercanas. Piedras gigantes que invitaban a la reflexión y a la contem...