No despertó directamente. Fue tomando consciencia de sí misma poco a poco. Estuvo ahí mucho tiempo, sufriendo sin poder moverse. Al principio era un puñado de huesos, un estudiante de medicina los acomodó la primera vez, cuando estuvieron completos, ella los reacomodó correctamente, no sabía cómo, pero entre tomar las clases de anatomía para las que era usada, y porque era la única forma en que embonaban, supo. Al cabo de unos años ahí, en los que ya había aprendido el idioma (un español culto, con términos latinos y uno que otro inglés) ya estaba lista para hablar. El problema: no tenía piel. Su cuerpo fue formándose célula a célula desde dentro: el cerebro apareció antes que la piel, se guardó ahí dentro de la bóveda craneal que se ordenó y dejó de moverse. Después, los tendones y músculos fueron amontonándose sobre sus huesos. Un día, alguien del aseo vio que se le paraban muchas moscas a ese esqueleto y lo metió en formol «aber si se limpiaba».
Nadie reparó en múltiples mejorías del cadáver en los años que estuvo ahí: cada vez era más anatómicamente completa. Ella sufrió mucho, el cosquilleo de las moscas fue cambiado por el incesante ardor del formol que cada día (a medida que sus nervios crecían) le dolía más. Un viernes por la tarde, se puso a salvo, ya no le llegaban moscas. Pero el próximo lunes, la volvieron a poner en formol. Su piel había adquirido suficiente dureza que la protegía un poco, pero sus vísceras aún no estaban completas. La piel seca sin deteriorarse hizo que los profesores la sacaran de la sala de cadáveres y la llevaran a los salones. Cuando cumplió 17 años, ya estaba como objeto de museo, pero también fue cuando adquirió consciencia de que podía moverse. Por la noche desaparecía de su sitio y se escondía en otro: siempre la encontraban. Hasta que un día desapareció: salió a la calle. Vestida con ropa vieja que una estudiante de medicina le regaló. Dejó una nota contando esto - dicen -, se puso un nombre simple: Mary y nunca más se volvió a saber de ella.
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