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Pedro Páramo, de Rodrigo Prieto.

 Pedro Páramo, de Rodrigo Prieto.

México, 6 de noviembre 2024.

 

«¡Date de buenas que vas a tener un hijo güerito!» les decía el licenciado Gerardo Trujillo a las muchachas abusadas por Pedro Páramo para que dejaran las cosas en paz, sin embargo, viene Rodrigo Prieto y elige a Tenoch Huerta como su hijo. Teniendo tantas referencias de películas que adaptan libros mediocres y las convierten en obras de arte, decidió ir a lo mínimo en todo, para teniendo un excelente libro, convertirlo en una mala película.

En teoría debía seguir únicamente lo que dice el libro, sin hacer nuevos diálogos, sin nuevos personajes, pero cortaron conversaciones sacando frases que Rulfo dejó ahí, después de desechar miles, dejando solamente las que fueran útiles en la historia. Nos da una historia lineal, narrada por Juan Preciado inclusive cuando no era necesario narrar, personajes que no tienen detalles a fondo, se ve a una Dorotea cargando un muñeco que nunca se explica si es su hijo o un trapo o qué.

Entrenado a vivir en Estados Unidos, con el sentido del utilitarismo, deja de lado totalmente la belleza. Víctor Hugo dijo «lo bello es tan importante como lo útil» y Rodrigo lo olvida al poner la parte inicial y final de los diálogos: saltándose el centro, la esencia, las frases profundas.

Nos cuenta la vida de un hombre, pero la novela de Rulfo no es sólo la vida de Pedro Páramo, es la vida de todo México en la primera mitad del siglo. Olvida detalles como los hermanos que viven el incesto con remordimiento pero sin dejarlo, obvia detalles como el amansador que le «amansó» la mujer al hacendado, lo del tartamudo que da recados, el cura confesándose y lamentando vivir ahí, entre otros peores.

Si bien Pedro Páramo es una novela sobre gente muerta, no es la novela del día de muertos. Está hecha sobre gente muerta porque así se amoldaba más a la narrativa de Rulfo, gente que cuenta sus anécdotas sin juzgarse ni ahorrarse nada, con la sinceridad que da el saber que no hay más consecuencias.  Últimamente -y creo que posterior al desfile de James Bond- se ha dado por interpretar todo el arte mexicano para adaptarse a día de muertos, cosa totalmente equivocada a la novela. Pero aquí es la única libertad que se permite Prieto: donde Rulfo dice «nubes espumosas haciendo remolino sobre mi cabeza», él nos muestra mujeres desnudas volando en círculos, más propio de noche de brujas o de «The Witch», de Robert Eggers.

Tuvo todo para hacer una gran película pero no se arriesgó en absoluto: ni con tiempo, que Scorsese alargó hasta 3 horas y media en El Irlandés; ni con imaginación, si Rulfo dice que Pedro se pasaba horas en el excusado pensando en Susana, nos da una imagen más propia de un monje hindú que de un adolescente; no tuvo banda sonora, sólo las voces aburridas de Tenoch y las mujeres.

Al final, como en «Game of Thrones» se acelera, no vemos el envejecimiento del protagonista, no las múltiples vueltas a reportarse del Tlicuate, no sabemos cómo decidió Abundio ir a matarlo. Y por si fuera poco, la última escena tiene un error terrible, que supongo arreglarán en cuanto se percaten: Damiana muere a manos de Abundio, pero luego vuelve de la cocina invitando a desayunar a Pedro, que muere al levantarse. Si había vuelto como fantasma, no podía haber sostenido a un moribundo, que si la veía por ya estar muerto, no tenía por qué caer. Abundio se presenta con una botella que se aprecia bastante moderna y no con un cuartillo de alcohol puro, que fue lo que pidió.

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